sábado, 4 de julio de 2009

Pina Bausch: Mujer que supo ser genial

Fue una bailarina y coreógrafa alemana que revolucionó la danza contemporánea. Trabajó hasta el domingo y murió repentinamente ayer. Tenía 68 años. Aquí, se había encandilado con el tango.
Un cable llegado de Alemania informa una terrible noticia: la coreógrafa y bailarina alemana Pina Bausch acaba de morir. Una de las más grandes e influyentes artistas del siglo XX desaparece a los 68 años de edad afectada por un cáncer fulminante; aún tenía —así lo había dicho recientemente— innumerables proyectos por delante; este último domingo había aparecido para saludar junto con su compañía en el escenario del teatro de Wuppertal donde estrenaba todas sus creaciones. Wuppertal es una pequeña ciudad alemana, muy cercana a Colonia, donde Pina creó su hoy legendario conjunto y donde desarrolló su prodigiosa tarea durante más de treinta y cinco años.
En 1973, el director general del Teatro Municipal de Wuppertal invitó a una joven coreógrafa para que se hiciera cargo del elenco de danza de la institución. Pina Bausch había comenzado a crear obras cinco años antes y algunas habían recibido premios, pero fue sin duda la posibilidad de disponer tanto de una compañía estable como de la libertad completa que le otorgó el director general, lo que le permitió profundizar en nuevos vocabularios de un modo enteramente personal. Exploraciones difíciles cuyos resultados provocaron inicialmente el rechazo del público local y de una buena parte de los bailarines del elenco.
Cuando en 1980 la Wuppertaler Tanztheater llegó por primera vez a Buenos Aires todavía el público de Wuppertal se encontraba dividido respecto de la compañía de danza. Por un lado, un grupo compacto de admiradores; por el otro, un frente de detractores convencidos: los más violentos cubrían a Pina Bausch de insultos y escupidas y los más excitados la despertaban con llamados telefónicos en la mitad de la noche para invitarla a dejar la ciudad. Pero una nueva especie estaba siendo creada, la llamada danza-teatro, y en los años que siguieron y hasta el día de hoy innumerables artistas tanto de la danza como del teatro en todo el mundo han sido marcados por el pensamiento escénico de Pina Bausch. Así y todo, parece imposible reducir el lenguaje de Pina Bausch a un conjunto de fórmulas. Sus obras no han consistido simplemente en poner sobre el escenario a bailarines que también actúan y cantan; tampoco en llevar a escena el fruto de mecanismos de libre asociación.
Los espectáculos de la Wuppertaler Tanztheater tenían —como bien lo definió una crítica norteamericana— esa cualidad a la vez irracional y significativa que se encuentra en los sueños. Pero la arbitrariedad y la desconexión eran sólo aparentes. A diferencia de lo que ocurre con una gran proporción de sus numerosísimos imitadores, las producciones de Pina Bausch se sostenían no en un sinsentido provocador sino en una gran consistencia poética. Tampoco los temas de sus trabajos eran fáciles de definir y Pina misma solía ser elusiva al respecto. Se afirma de sus piezas que son comentarios sobre la relación entre las personas y la sociedad que las oprime, o preocupaciones feministas respecto de la violencia entre hombres y mujeres; ella simplemente decía: "Creo que siempre hablo de la necesidad de ser amados que todos tenemos". Y contestando a la pregunta "¿Hace realmente teatro o danza?", mil veces formulada, dijo: "Es una cuestión que no me planteo jamás. Trato de hablar de la vida, de las personas, de nosotros; y hay cosas que no pueden decirse con una cierta tradición de danza; la realidad no puede siempre ser danzada: no sería eficaz ni creíble". ¿Cómo elegía a sus bailarines? "Algunas veces la elección es rápida; otras veces me tomo mucho tiempo. Depende de muchas cosas. Es cierto que espero que un bailarín tenga una buena técnica, pero no es lo único que busco. Si hay algo que me llama la atención son los ojos. Ojos que tengan una mirada triste, de payaso. Diría que cuando elijo a alguien como bailarín es porque tengo verdaderas ganas de conocer a esa persona".
En 1995, Pina regresó a la Argentina y presentó en el Teatro San Martín su obra Bandoneón. Entonces, tuvo una inmensa convocatoria de público. Esta bellísima creación arrojaba una sabia mirada sobre el tango sin recurrir a uno solo de sus pasos. En aquel momento, Pina tomó algunas clases de tango con Tete, milonguero empedernido y eximio bailarín aficionado, y luego lo invitó a Alemania para que diera allí clases a su compañía. Ni ella ni la Wuppertaler Tanztheater regresaron a Buenos Aires aunque iban regularmente Brasil y en los últimos años, viajaba también a Chile. ¿Por qué? No lo sabemos con certeza.


Laura Falcoff. Clarín. 1 de julio de 2009